ALEKSANDR PICHUSHKIN “EL ASESINO DEL AJEDREZ” PARTE 2/2

 

Si en 1992 Alexander mató a Sergei porque comenzó a salir con su exnovia Olga, en 2002, el cuerpo de la joven fue encontrado en el parque de los horrores. No fue la única persona de su círculo más cercano que terminó siendo asesinada. La última, Marina Moskaleva, una compañera de trabajo que jamás regresó a casa. Tras desaparecer el 14 de junio de 2006, su hijo dio la voz de alarma. Su madre le había dejado una nota al lado del contestador diciéndole con quién salía aquella noche. El nombre en cuestión: Alexander Pichushkin. Y junto a él, el teléfono de contacto.
Cuando los agentes acudieron al domicilio del asesino dos días después, este no opuso resistencia alguna. Tumbado en la cama, espetó: “¿La Policía? Debe ser para mí. Dejen que me vista”.
Durante el registro de la vivienda, la Policía encontró un martillo con manchas de sangre y un tablero de ajedrez. Sobre él no había figura alguna sino monedas. Un total de 61 pegadas en cada casillero y cada una representando, según él, cada asesinato cometido. Faltaban tres por rellenar.
Esta macabra prueba se utilizó en el juicio para demostrar los crímenes de Pichushkin; en cambio, en el depósito solo había 48 cadáveres. Faltaban trece por encontrar, pero jamás se hallaron. A partir de entonces, los medios lo bautizaron con el sobrenombre de ‘asesino del ajedrez’.
La detención de Pichushkin dejó atónitos a sus vecinos. Una de ellas, Svetlana Mortyakova, recordaba que el asesino era un muchacho respetuoso y cortés que se disgustaba fácilmente cuando un animal moría. La anciana, a la que llamaba “tía Sveta”, contaba que un día se lo encontró llorando y borracho porque su gato había muerto.



El día que arrestaron a Alexander, “mi hija me dijo: ‘¡Mamá, han atrapado al maníaco! ¡Nunca habrías imaginado quién es! ¡Sasha Pichushkin! No me lo podía creer’”. Y concluyó: “¡Y pensar que durante 40 años viví en el mismo edificio que un maníaco!”. Una reflexión que también se hizo su madre tras la detención: “¿Cómo podía saber que él se convertiría en tal bestia?”.


El 10 de septiembre de 2007 comenzó el juicio contra Alexander Pichushkin. Tal y como ocurrió con el de Andrei Chikatilo, tuvieron que aislarle en un cubículo blindado para evitar que los familiares de las víctimas le linchasen. La sala de vistas clamaba venganza. Todos lo querían muerto.

Después de pasar un examen psiquiátrico para confirmar que el serial killer era apto para ser juzgado, se procedió al enjuiciamiento ante un jurado popular. Las pruebas hablaban por sí solas, pero el testimonio del acusado no dejaba lugar a dudas: “Me sentía como el padre de todas estas personas, ya que fui yo el que les abrió la puerta de otro mundo”. Y confirmó que “no maté a 49, maté a 61”.
Además, relató que “una vida sin homicidios para mí es como una vida sin alimentos para ustedes; salvaron la vida de muchas personas al atraparme, porque nunca me habría detenido, nunca”. Porque Alexander “solo mataba a personas que se quejaban de su vida”.
Al contrario que su ídolo, ‘el carnicero de Rostov’, el ajedrecista no realizaba ningún tipo de acto sexual con sus víctimas. Porque lo que le gustaba en realidad era “el sonido de un cráneo partiéndose”.



Según Pichushkin: “Por mí mismo decidí el destino de 60 personas... Fui juez, acusador y verdugo”. Para él cada asesinato era “una especie de ritual, mi estilo, mi letra”.
Nadie podía negar los crímenes cometidos por Alexander. Ni siquiera su abogado defensor cuando le tocó el turno de palabra. Pavel Ivánnikov dijo con claridad: “Pichushkin reconoce todo lo que ha dicho la acusación. La cuestión es otra, las razones por las que cometió los asesinatos. ¿Hubo crueldad en sus actos? Posiblemente la hubo”.
Por su parte, el fiscal de Moscú, Yuri Siomin, acusó al homicida de “cometer una serie de asesinatos, en concreto cuarenta y nueve, y tres intentos de asesinato. Un total de cuarenta y seis hombres fueron asesinados, dos quedaron con vida, y también mató a tres mujeres e intentó asesinar a una cuarta”.

El 24 de octubre de 2007 el jurado lo declaró culpable de 48 asesinatos y tres tentativas de asesinato. Por ello, el tribunal lo condenó a cadena perpetua y no a la pena capital (desde 1996 Rusia adopta una moratoria sobre la pena de muerte).
La condena del ‘ajedrecista asesino’ supuso un conflicto en la sociedad de la época. Había una parte que no estaba satisfecha con el fallo, como el intelectual moscovita Alexander Fyodorov, que exigió un correctivo más duro que la cadena perpetua. “Un escuadrón de fusilamiento sería un castigo muy liviano para él”, decía.
“Estoy de luto por mi perro”. Esa era la excusa que Alexander Pichushkin utilizaba para acercarse a sus víctimas y ganar su confianza. Lo hacía después de merodear durante varias horas por el parque Bittsevsky, al sur de Moscú, hasta localizar a la persona correcta. Normalmente elegía a indigentes que pernoctaban en la zona y se apiadaban de la triste historia de su interlocutor. Nada les hacía sospechar que tras esa apariencia de hombre educado se escondía una mente retorcida y macabra. Cuando conseguía aislarlos, la emprendía a golpes con el mayor sadismo posible.

Tal era la saña con la que atacaba a estos desconocidos que utilizaba martillos, palos o botellas para destrozar sus cráneos. Tras los crímenes, este serial killer llegaba a casa, sacaba su tablero de ajedrez y tapaba uno de los casilleros con una moneda. Quería cubrirlos todos. Ese era el objetivo del apodado como ‘el ajedrecista asesino’.

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